Carta Pastoral : “Jesucristo, la Iglesia y el Papa”

Mucho Papa, poca Iglesia
A veces, da la impresión, al escuchar los halagos de algunos, que el Papa Francisco nada tuviera que ver con la Iglesia. A conveniencia de sus criterios personales o institucionales, desligan lo que necesariamente ha de estar siempre unido. En verdad no se atreven a negar lo que es incuestionable: que Francisco, con sus palabras, y sobre todo con sus gestos, le ha dado una nueva y acrecentada credibilidad a la fe y a la vida cristiana de los católicos. Sin embargo, los elogios al Papa de algunos no le llegan al conjunto de la Iglesia, de la que siguen poniendo de relieve sólo los errores y pecados. Da la impresión de que se niegan a reconocer la mucha santidad y autenticidad que hay en el conjunto del pueblo cristiano, de la que es un testigo cualificado el Santo Padre. Se puede decir que estos son “clarividentes” con el Papa, pero “interesadamente ciegos” con los demás católicos, sobre todo si son obispos y sacerdotes.

Los que así piensan, se olvidan de que entre los católicos hay una sintonía, a la que llamamos “comunión”, con la que juntos, santos y pecadores, le vamos dando rostro a la Iglesia. De esa comunión se deduce que lo que hace Francisco lo hacemos todos y que lo que hacemos todos lo asume Francisco, como nuestro Pastor y padre; también nuestros fallos, debilidades y pecados. Por tanto, no vale decir: qué bueno es Francisco, qué estorbo es la Iglesia. Esto, además de un error, es una injusticia.

Mucha Iglesia, poco Papa
Por otra parte, otros, más o menos abiertamente, le niegan su adhesión filial al Papa Francisco. Estos, con la excusa de una supuesta fidelidad a la Iglesia, no sólo se quedan cortos en su fidelidad al Santo Padre, sino que, en ocasiones, – algunos habitualmente – incluso le faltan al respeto que se merece, sobre todo cuando valoran el estilo con que está ejerciendo su ministerio y su magisterio. Lo que a la mayoría nos parece tan maravilloso, éstos, por su parte, lo consideran errático. Cuantos así piensan y actúan se conforman con una Iglesia a su medida, pretendiendo que ésta tenga sus hechuras, que desgraciadamente están al margen de la compasión y la misericordia, viga maestra de la vida de la Iglesia y razón de su credibilidad; quizá sea por eso que critican los matices más evangélicos del magisterio gestual y verbal de Francisco. Además, sin ser muchos, siembran dudas y, sobre todo, escandalizan a los sencillos, a los que dicen defender, al tiempo que producen una dolorosa zozobra en torno a la unidad de la Iglesia.

Una renovación en el Espíritu
La impresión que dan unos y otros en sus parciales e interesadas opiniones sobre el Papa es que se están olvidando de que el Espíritu Santo sigue ejerciendo puntualmente su tarea de llevar la marcha de la Iglesia. Se olvidan, sobre todo, de que el Espíritu trabaja en unidad estas dos opciones de la fe de un católico: la piedra angular de la Iglesia es Jesucristo y el principio y fundamento de su unidad es el Sucesor de Pedro. Por eso, los de un extremo y los del otro harían muy bien en ser dóciles al Espíritu para no separar nunca tres amores imprescindibles en nuestra vida cristiana: Jesucristo, la Iglesia y el Papa. El arraigo armonizado de los tres es absolutamente necesario para el discípulo del Señor. Quizás así entenderían mejor que no es un capricho o una aventura meramente humana lo que el Espíritu está promoviendo en el sentir de la fe de los creyentes y en el desarrollo de la misión de la Iglesia a través del ministerio pastoral del Papa Francisco.

Como Obispo vuestro, le doy las gracias a Dios Nuestro Señor por el ministerio del Santo Padre, por su extraordinario servicio a la Iglesia y por su inestimable ayuda a la humanidad ante los desafíos que hoy tiene por delante y ante los dolores que padece. Os invito a todos a que, en vuestra conciencia eclesial y en vuestra oración, os sintáis, como también yo lo hago, en comunión cordial y obediente con el Santo Padre, al que le damos nuestro apoyo filial ante las dificultades y las pruebas que pudiera estar padeciendo.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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