Carta Pastoral: “Por un trabajo decente”

Y como no quiero perderme en generalidades, aunque me consta que el trabajo es un problema que preocupa en todas las ciudades y pueblos de la Diócesis, y que son muchísimos los que se ven privados entre nosotros de ese legítimo y básico derecho, en esta ocasión quiero mirar, sobre todo, y con especial cariño, hacia Linares. Su grito es ahora el grito de todos los giennenses. Sabemos que esa gran ciudad ha sido y es noticia últimamente por sus problemas sociales, y en especial por su elevadísima tasa de paro. Tiene el triste honor de ser la ciudad con más paro de España. Desde hace años ha ido perdiendo las fuentes de trabajo que hacían de ella una ciudad laboriosa por excelencia, aunque no le faltaran dificultades.

No obstante, ese deterioro laboral, que tanto nos duele, hay que decir que Linares tiene también el ejemplar honor de ser una ciudad consciente de sus problemas: una plataforma ciudadana ha logrado un despertar de conciencias en torno al paro y a las consecuencias que el paro acarrea. En una ciudad de entorno a los sesenta mil habitantes han salido a la calle, con el lema “todos a una por Linares”, cerca de cuarenta mil personas, como decían al día siguiente los medios de comunicación. Eso es, a todas luces, un clamor que no debería caer en saco roto para aquellos que tienen la responsabilidad de tomar decisiones.

Pues bien, ahora que ya os he presentado el problema con una imagen muy real y muy nuestra, recuerdo que trabajar es un derecho básico de la persona. Es una de las tres “T” a las que con frecuencia se refiere al Papa Francisco, junto con la Tierra y el Techo. Eso significa que hemos de prestar toda nuestra atención al derecho al trabajo, pero con una exigencia imprescindible, que sea un trabajo decente; es decir, que sea expresión de la dignidad esencial de todo hombre o mujer. Así definía el trabajo decente el Papa emérito Benedicto XVI en su tercera encíclica “Caritas in Veritate”. Y lo describía de ese modo: «un trabajo libremente elegido; un trabajo que asocie efectivamente a los trabajadores, hombres y mujeres, al desarrollo de su comunidad; un trabajo que haga que los trabajadores sean respetados; un trabajo que permita satisfacer las necesidades de la familia y escolarizar a los hijos sin que se vean obligados a trabajar; un trabajo que consienta a los trabajadores a organizarse libremente y a hacer oír su voz; un trabajo que dé espacio para reencontrarse adecuadamente con las propias raíces en el ámbito personal, familiar y espiritual; un trabajo que asegure una condición digna a los trabajadores que llegan a la jubilación» (C in V, 63). Ya antes, San Juan Pablo II, en el año 2000, con motivo del Jubileo de los Trabajadores, había pedido “una coalición mundial en favor del trabajo decente”. La última llamada proviene del Papa Francisco: «Nuestro sueño vuela más alto… al trabajo libre, creativo, participativo y solidario, en el que el ser humano expresa y acrecienta la dignidad de su vida» (EG 192).

Esta es la preocupación del magisterio de los pastores, de los que tienen la misión de crear comunión en la sensibilidad de los cristianos ante los problemas más acuciantes de la sociedad. Por mi parte, como ya hice en otras ocasiones, me sumo a esta visión del trabajo por parte del magisterio de la Iglesia, para extenderla a todos vosotros. La preocupación y sensibilidad por el trabajo decente es una preocupación de todo cristiano. Por eso considero que, como Pastor de la Diócesis de Jaén, debo alentar a los sacerdotes, vuestros pastores cercanos en cada parroquia o templo donde se celebra la Eucaristía, y a todos los que participáis en la Misa del domingo, a que se haga una mención significativa y convencida, en cualquier momento en que la comunidad esté reunida, de esta preocupación de la Iglesia, o sea, de todos nosotros. Que todos seamos: #Iglesiaporeltrabajodecente.

Lo que se nos pide es interiorizar este mensaje y situarlo en nuestro compromiso cristiano; por supuesto también hemos de llevarlo a la oración, en la que compartimos con el Señor los problemas de nuestro mundo; y, naturalmente, haríamos muy bien difundiendo lo que nos preocupa entre los que hacen vida con nosotros y siendo misioneros de un mensaje que siempre nace de nuestra fe y de nuestra condición de hijos de Dios, fuente de la dignidad de todos. Y si os unís a iniciativas que se puedan promover por algunos grupos de la Iglesia, haréis también muy bien. En fin, no olvidemos nunca que el trabajo es una de las grandes preocupaciones de la Iglesia en el mundo, como nos recordó el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro
Obispo de Jaén

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